jueves, 28 de febrero de 2008

Diario La Razón 1894

No es permitido dudar del trágico fin que puso término a la agitada vida del más intrépido de los caudillos riograndenses en la revolución que convulsiona aun a la república brasilera. No sabemos si será o no una suerte para el Brasil la muerte del afamado y prestigioso jefe del ejército federal, pues ese suceso le asegurará probablemente la rápida pacificación del turbulento Estado vecino. Pero si podemos afirmar que esa muerte ha causado honda sensación entre nosotros, pues Gumersindo, por su audacia, por su heroicidad en los combates, por su verdadero genio estratégico, se había conquistado las simpatías y la admiración de la muchedumbre, fanática siempre del calor, idólatra siempre de todos los fuertes. Saravia era el tipo acabado del caudillo americano, indómito, perseverante, tenaz, en el esfuerzo, sufrido en los días de prueba, brillante en las luchas cuerpo a cuerpo, genial en la aplicación de su natural instinto para resolver los problemas más arduos de la estrategia.
Como los antiguos, ha sido siempre el primero en buscar el riesgo en las refriegas, el primero en ofrecer su sangre y su vida por la causa de sus afecciones, cargando solo al adversario y, más de una vez, arrastrando por el ímpetu de su valor excepcional y olvidándose de sus responsabilidades de general en jefe, ha ido a buscar lanza en mano, en las filas de la infantería veterana, la solución del dilema que se había impuesto: muerte y gloria.
Algún día, cuando espíritus serenos hagan la historia de la revolución de Río Grande, tendrán que mencionar como un rasgo de verdadero genio, la invasión de Saravia a los estados de Santa Catalina y Paraná, conduciendo a un ejército de millares de hombres por entre abruptas montañas, espantables pricipicios y áridas y desertas llanuras, y tendrán que reconocer que aquel venció con su esfuerzo y supo conservar en su ejército el suficiente espíritu para vencerla de nuevo en una retirada asombrosa, era a mas de un héroe, un gran táctico, un genio militar de primer orden.
En su última jugada la suerte ha sido adversa al caudillo. Así debía morir, en el fragor de la lucha, en medio del grandioso horror de un entrevero él que siempre puso su propia existencia como empeño en la partida contra lo incierto y dudoso destino.
El mayor elogio de Gumersindo Saravia es este: la América acaba de perder el mas popular de sus últimos caudillos, y el Brasil tal vez el más grande de sus generales.-

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